Beny
(en realidad Benigna, regalo de la tradición paterna) hacía honor a
su nombre. Era lo que suele decirse una buenaza, un trozo de pan. Las
necesidades de los demás estaban por encima de las suyas y muchas
eran las personas que recurrían a ella cuando necesitaban algo.
Sabían que respondería en la medida de sus posibilidades.
Esa
inclinación de soporte y ayuda a los demás, la tenía desde
pequeña. Eran fuente de inspiración las vidas de santos que leía
con avidez. Su destino, al igual que el de esas vidas ejemplares, era
servir a los demás aunque en ello le fuese la vida.
Era
normal que fuese ella la única amiga de esa alumna que se
incorporaba tarde al curso y todo el mundo le daba de lado; o de la
que por ser fea, o gorda, o pobre, le hacían lo mismo. No podía
soportar ver a alguien sufriendo. Inmediatamente allí estaba ella.
Había nacido para paliar el dolor. Era la moderna Samaritana.
Impelida a ayudar siempre a cualquier persona en situación de
debilidad o que se encontrase en algún estado de necesidad.
Llegada
a la edad adulta, a menudo, se preguntaba cuál era el origen de esa
actitud suya tan arraigada ¿genética? ¿tanta lectura santa?. Fuera
lo que fuese, ella daba el Tipo puro y esta característica de
necesidad constante de ayudar fue lo que la condujo a estudiar lo que
más tarde ser convertiría en su profesión: la Psicología.
Esta
disciplina iba a permitirle no sólo ayudar, que ya lo hacía, sino
lo que era más importante: adivinar lo que los otros necesitaban.
Así podría adelantarse a la petición, que siempre era un mal trago
para el peticionario.
Así
fue como Beny dirigió sus pasos hacia esos estudios, resultando ser
alumna aventajada, matrícula de honor en todas las materias que
tocaran de lleno el alma humana y, de paso, buena compañera.
Era
la que se ofrecía voluntaria cuando se decidía en el grupo que
alguien tomara los apuntes de tal o cual clase. Luego los pasaba a
limpio, hacía las fotocopias y las entregaba a sus compañeras y
compañeros, todo tan arregladito, tan limpito, que estaba todo el
mundo encantado de haber topado con esta joya en clase. Era tan
generosa que ni siquiera cobraba las fotocopias. Le encantaba hacer
regalos. ¡qué contentos estaban todos con ella!
Deberías
hacerte de valer, le decían a veces sus amigas cuando ella, ante un
chico que le gustaba, era tan solícita como con un niño que
encontrara mendigando por la calle.
No
se hacer eso, respondía Beny. Y era cierto. Todo ser viviente que se
le pusiera por delante era desvalido para ella, necesitaba algo, y
tanto daba que fuese el catedrático, como su vecina tetrapléjica,
como el chico más atractivo del mundo. Porque ella era la COMPASIÓN
hecha persona. Era todo sensibilidad hacia ese elemento invisible que
acompaña al ser humano, a todo ser humano, desde el más poderoso,
soberbio o despiadado, hasta el más débil, bondadoso y humilde: la
vulnerabilidad.
A
sus ojos todos los seres vivos mostraban esa característica humana,
simplemente por su condición de finitud y estar todos a expensas del
azar y ser susceptibles de sufrir cualquier accidente desencadenante
del mayor sufrimiento. La vulnerabilidad estaba siempre ahí, aunque
lo hiciese escondida bajo múltiples capas de los ornamentos más
variados.
De
esa sensibilidad especial para percibir la vulnerabilidad humana
extraía ella su fuerza solidaria. Ante ese dolor latente no cabía
sino el amor más fraternal. Al ser un sentimiento general y hacia
todo ser viviente que se le pusiera por delante, no podemos hablar de
otra cosa que no sea amor a la HUMANIDAD, con mayúsculas, como eje
rector de su vida.
Su
comprensión-empatía-solidaridad sólo era un problema a la hora de
mostrar coherencia política, porque esto requiere compromiso, tomar
posiciones y quedarse en un lugar frente a otro. Amar y defender
nuestra postura y discutir o desechar la del otro. Amar lo nuestro,
odiar lo del otro, todo termina reduciéndose a eso. Y eso, para ella
era imposible porque quien comprende no puede sentir sino
acercamiento, en último extremo amor. Quien es capaz de ponerse en
el lugar de otro, de tomar la perspectiva del otro, no puede llegar a
odiar. El odio es consecuencia del desconocimiento, igual que lo es
el miedo. Cuando se produce acercamiento y conocimiento se desmoronan
las barreras y se produce la conexión y hasta la simbiosis.
Tanto
es así que ella no sólo no podía odiar a los que estaban frente a
ella en sus posturas políticas, sino que los comprendía y así,
muchas veces no sabía donde se encontraba ella exactamente. Todos
tenemos parte de razón, decía, y, seguramente, estaba en lo cierto.
Estos
detalles nos dan una idea de que no tuvo nada que hacer en el mundo
de la política, que abandonó cuando se enteró de que sus colegas
la llamaban la blanda. Esto quienes eran amigos y amigas. Peor era
cuando la llamaban traidora.
Beny
se alejó, con discreción, de esas gentes. No llegó a darse de baja
del partido porque para qué ponerse a dar disgustos y andar en boca
de nadie. Sólo dejó de asistir a las reuniones, primero de forma
aleatoria. Iba a una reunión sí y a dos no. Así hasta que no fue a
ninguna y casi no se dieron cuenta . Al menos ella prefirió creerlo
así. La verdad, si alguien la hubiese llamado, habría vuelto. Beny
no sabía decir No. Pero nadie la llamó.
Así
es que no volvió. La enseñanza que sacó de su paso por el mundillo
de la política fue que había que ser muy fuerte para permanecer
ahí, sobrevivir a tener enemigos, ser muy asertiva y saber decir no,
sin ambigüedades. Nada de eso se daba en ella. Hubiera dado
cualquier cosa por no ser tan comprensiva y perdonarlo siempre todo.
Quiso
darse un tiempo, pensar y olvidar. Se inscribió en un curso que
ofrecía la Universidad Libre de Bruselas. Era de Lengua y Literatura
francesa. Practicaría el idioma y descansaría un poco de su
pegajoso acercamiento a los demás. Este viaje le iría bien e
intentaría aprender a ser más ella misma, a estar menos a merced de
los demás. Iba a cambiar, al menos, su gran debilidad de carácter.
Pero
no sólo no cambió, sino que empeoró . Estos fueron los hechos:
No
supo decir no a una conocida de su pueblo, que se le pegó todo el
viaje como una lapa y, encima era más pesada que cruzar a nado el
Atlántico, según decían todos los que la conocían.
No
supo decir no a ese antiguo compañero de estudios, que tenía un tic
que la alteraba pero que tuvo que soportar durante todos los momentos
de las comidas, como mínimo, es decir, tres veces al día: desayuno,
comida y cena.
No
supo decir no a los interminables rollos que le soltaba un cura
catalán que siempre terminaba diciendo que si todas las jovencitas
fueran como ella, el mundo sería realmente habitable.
No
supo decir no a la compañera de habitación que le tocó en suerte.
Una rumana con la que no se entendía en ningún idioma pero a la que
si entendió que necesitaba dinero porque no llevaba ni para comer,
la pobre. Beny le dio casi todo lo que llevaba, con lo que la que se
quedó casi sin poder comer fue ella. Suerte que existían las
máquinas expendedoras de galletas y chocolatinas, que estaban por
los pasillos de la Universidad y eran baratas. Así, no llegó a
pasar hambre porque si bien le gustaba hacer favores y ayudar
constantemente, para ella no le gustaba pedir, o mejor dicho, no
sabía pedir. No le gustaba que la ayudaran.
Antes
muerta que pedigüeña, se decía. Y, gracias a esta situación,
descubrió algo sobre sí misma que no había querido ver antes. Eso
que a ella le pasaba estaba descrito en la literatura. Se llamaba
ORGULLO. Eso era orgullo simple y llanamente.
Llegados
a este punto, se hace necesaria una reflexión, ¿cuál puede ser el
motor que impulsa a una persona a adoptar el rol del que siempre da,
del que siempre está dispuesto a escuchar y que no pide nada a
cambio?. He aquí una persona ávida de amor pero que no sabe ni
quiere pedirlo. He aquí el secreto mejor guardado de Beny. Tan
guardado que ni ella misma lo conocía: su desesperada necesidad de
ser querida.. Y ¿qué mejor forma de conseguirlo que sembrando
gentes agradecidas por todas partes?. Y fue ese afán de ser querida
lo que le trajo la perdición. Así ocurrieron las cosas.
El
“no supo decir no”, le ocurrió también con un estudiante
italiano que conoció durante ese curso en Bruselas. Giuseppe era muy
inteligente, culto y simpático. Pero era muy feo. Beny se decía que
qué culpa tendría él de ser tan feo ¿Iba a dejar de salir con él
por ese detalle tan tonto? Y salió con él.Y mucho, tanto que
recorrió toda Bélgica con él en autostop. Pasaron muchas
aventuras, conocieron lugares maravillosos y, por suerte, él fue muy
correcto y, sabedor de su falta de atractivo, nunca le pidió ni un
beso. Menos mal, porque ella no hubiera sabido decir que no, con lo
que el conflicto hubiera estado asegurado.
Por
no herir sus sentimientos, tampoco supo decir que no a un belga
rubio, de ojos azul tan claro que eran casi transparentes y que era
profesor de alguna cosa en lo que entonces se llamaba el Congo Belga.
Salía
con él los ratos libres que le dejaban la conocida del pueblo, el
compañero del tic, el cura catalán y el italiano culto pero feo
(pero que muy feo). La mala suerte quiso que ya no le quedara ningun
minuto libre y, en esas tristes circunstancias, conoció a Rainier.
Era
un alemán que a ella le gustó. Se entendían bien en francés y él
tenía la medida justa de la gracia irónica para no molestar y sí
hacer sonreir. Debido al poco tiempo del que ella disponía por no
saber decir no (unido a no saber decir no a actividades y trabajos
propios del curso universitario), apenas podía salir con Rainier.
¡Qué lástima, le hubiera gustado tanto...!
Si,
ella hubiera deseado estar más tiempo con el alemán pero había un
detalle que lo situaba en el último lugar de la fila de prioridades
de Beny.
La
conocida del pueblo no sabía ir sola a ningún sitio y, además, no
sabía ni papa de francés, por lo cual necesitaba desesperadamente a
Beny; el compañero del tic era muy tímido y, en cuanto se la
encontraba, ya era como su sombra. Le hubiera hecho mucho daño un
rechazo declarado; el cura catalán hubiera sufrido una gran
decepción si Beny hubiera resultado, al final, tan frívola y
asertiva como tantas otras chicas. Las mismas que hacían del mundo
un lugar inhabitable; hubiera sido injusto ignorar al italiano por
tener una cara de la que no era responsable. Toda esta gente la
necesitaba. Les regalaba su tiempo, su comprensión, su cariño. Lo
natural en ella, vamos. Pero ¿Qué pasaba entonces con el alemán?
¿por qué no podía darle el mismo trato o tiempo que a cualquiera
de los otros? La cosa es sencilla. Primero no existía tiempo
material si no se lo quitaba a alguno de los otros. Segundo, Rainier
no parecía necesitarla como los demás. Sí, se notaba que Beny le
gustaba, que la buscaba (con los ojos, con las manos, con las
palabras y los labios) pero no la necesitaba. Y ese fue el gran error
del alemán. No saber ese detalle fue la causa de que apenas salieran
un par de veces por la capital. Una de las salidas fue al Atomium y
otra a un café de la Grande Plaçe.
El
desasosiego que sentía Benigna el día anterior a su regreso a
España era indescriptible. La ansiedad la devoraba por dentro. La
humildad que intentaba aparentar en sus relaciones con sus deudores
era inalcanzable. Comenzaba a emerger el orgullo, siempre repudiado y
escondido en lo más profundo de su alma. La angustiaba, sobre todo,
no poder despedirse a solas de Rainier. Y esto era seguro porque
había quedado con toda su gente de la siguiente manera: con la
conocida de su pueblo saldría en una taxi desde la Universidad hasta
la estación. A esto se habían apuntado también, al final, el
compañero del tic y el cura catalán, que se quedaban unos días más
en Bruselas pero que iban a despedir a sus compatriotas al tren
¡faltaría más! Antes de partir hacia la estación, había quedado
en dedicar un tiempo en la habitación, a su compañera rumana, para
poder intercambiarse direcciones y buenos deseos. Luego pasaría por
allí el belga de los ojos transparentes si se lo permitía el
trabajo. Si no llegaba a tiempo, aparecería por la estación de
trenes. Con el italiano había quedado directamente en la estación.
Igual había quedado con el alemán que le gustaba.
Llevaba
días pensando y noches en vela, organizando mentalmente la despedida
en la que, si todos se juntaban ella se colocaría, disimuladamente,
al lado de Rainier. Cuando nadie se diera cuenta, le haría entrega
de un papelito color verde claro, en donde ya tenía anotada su
dirección y unas palabras de despedida.
Pues
bien, en la estación se juntaron todos: la del pueblo, el del tic,
el cura catalán, el belga de ojos transparentes, el italiano feo y
simpático y el deseado: Rainier, el alemán.
Estaban
todos apretados en el vagón. Primero se ocuparon de alojar bien los
equipajes de las dos chicas, Beny y la conocida del pueblo, que ya
ocupaban sus asientos.
Tras
breves instantes de cruces de miradas y frases de cortesía,
comenzaron los disimulos y comentarios sobre valoración del curso y
todo lo demás. Beny sostenía, escondido y con cuidado de no
arrugarlo, el papelito verde claro con su dirección y bellas
palabras.
El
italiano, reconociendo en el alemán a su más directo adversario,
hizo un esfuerzo por disimular y, con la más agradable de sus
sonrisas (dentro del estrecho margen que poco agraciado rostro le
permitía) lanzó un comentario sin importancia pero con cierta
gracia, sobre la erre francesa o algo por el estilo mientras miraba
directamente a los ojos de Rainier. Éste sonrió también y
respondió con algo parecido a un chiste. Giuseppe se rió con ganas
y respondió con una palabra sonora que hizo que ambos rompieran a
reír a carcajadas. Mientras esto ocurría, la amiga del pueblo,
miraba ensimismada al belga de los ojos transparentes, que le contaba
batallitas de sus andares por el corazón de África, respondiendo a
las interminables preguntas de ella. El estaba encantado de darse
importancia. El del tic y el cura catalán hablaban bajito, a saber
de qué, pero debía ser muy confidencial porque lo hacían de oído
a oído y sin parar. No se miraban pero casi se besaban, al menos eso
parecía desde la perspectiva de Beny.
Todo
esto ocurrió en breves minutos. Cortos y apretados. Apretados sobre
todo si tenemos en cuenta que el compartimento del tren era pequeño
y ya estaba ocupado por dos adultos y tres niños que se peleaban
entre sí.
La
escena era graciosa vista desde el exterior. Sólo un detalle llamaba
la atención por su patetismo. Daba un poco de pena la imagen de
Beny, sentada en un extremo del vagón, junto a una de las ventanas,
mirando a unos y a otros, como esperando su turno en alguna de las
conversaciones que se entremezclaban. No tuvo ocasión de intervenir.
El tren silbó. Todos enmudecieron. Corrieron. A empujones salieron
gritando al maquinista que parara y...... no se despidieron.
Allí
quedó la muchacha con un papelito color verde claro, todo arrugado,
entre sus manos. No llegaron a intercambiarse direcciones ni
teléfonos. No podría volver a ver al alemán nunca más.
Se
quedó mirando por la ventana un paisaje que le pareció triste. A su
lado, la conocida del pueblo mostraba una cara radiante de felicidad.
Sus ojos iban perdidos por lejanos y exóticos lugares. Serían su
referente de misterio y gozo durante muchos años.
En
contraste, Benigna solo retuvo el sabor amargo que le dejó esta
historia absurda con final ridículo en la que, después de tanto
como ella hizo por todos, sólo obtuvo una respuesta: abandono y
humillación.
Momento en que lo normal se transforma en patológico.
El
espíritu compasivo que guía las acciones de la protagonista de la
historia puede ser muy loable si no acabara enmarcándose en una
estricta y muy rígida norma de conducta que la encadena a un atender
siempre las necesidades de los demás antes que las propias.
La
frontera entre lo normal y lo enfermizo queda patente ante el listado
inacabable de “no supo decir no”, que da idea de cuantas
situaciones no deseadas se imponía sin saber exactamente por qué ni
para qué. Son como castigos autoimpuestos, mientras que lo que
verdaderamente desea (poder salir con el chico que le gusta) queda
fuera de su alcance por dejarlo en último lugar.
Este
constante autocastigarse, unido a la falta de gratificación y de
asertividad, pueden desembocar en una situación desencadenante de
depresión o de apatía morbosa.
El
orgullo no le deja asumir que ella también tiene necesidades y no
acepta como propio el deseo de ver al chico que le gusta. No
asumiendo sus propias necesidades, cae en la actitud neurótica de
dar compulsivamente y nunca pedir.
En
su estado normal este tipo de personalidad es muy sensible a las
necesidades de los demás aparte de ser empático y compasivo.
Amorosos
y serviciales hacen el papel de madre universal, entregando amor de
forma desinteresada y sin apenas esperar nada a cambio. De esta forma
es como se manifiesta la protagonista de la historia en un principio.
Pero
al final se descubre que hay una fuerte influencia de la pasión
dominante, el ORGULLO, y poca relevancia de la virtud que hubiera
podido servir de contrapeso: la humildad. De esto da fe el hecho de
que ella se quede en el tren con un fuerte sentimiento de abandono y
humillación que es una forma de desvelar que no obtuvo, a cambio de
sus constantes atenciones hacia todos, lo que ella consideraba que se
merecía: agradecimiento y amor.
Esta
situación puede derivar hacia una personalidad enferma por la
amargura y resentimiento que es capaz de albergar en su interior el
tipo de personalidad 2 que cree que no ha recibido la gratitud que
considera se merece.
Características, pasión, virtud y mecanismo de defensa. Tratamiento.
Según
Eric Salmon les motiva ayudar y comprender las necesidades del otro.
Son afectuosos y atentos, aprecian que se les necesite pero lo que
más aprecian son las relaciones humanas por sí mísmas. Aman
reconfortar a los demás, acudir a ayudar y anteponen las necesidades
de los otros a las suyas propias.
No
saben decir no. Necesitan que los necesiten y son ellos mismos los
que crean esa dependencia en los demás, que responde a su obsesión
por ser queridos “te doy para que me quieras”. Les gusta dar
consejos, hacer regalos, ser el centro de la vida del grupo y no les
gusta nada la soledad.
Motivaciones
inconscientes: no creen que los quieran por sí mismos tal como
son y dan para que los quieran. Su idea directriz es la necesidad de
ser querido.
Su
sistema de valores se ha desarrollado en torno a ayudar, los
sentimientos y la escucha. Su atención se ha centrado en las
necesidades del otro.
Pasión:
es el ORGULLO. Ayudan y quieren que se lo reconozcan.
La
virtud que se antepone es la HUMILDAD, cuando reconoce que ayuda
porque él mismo lo necesita y que ahí encuentra su gratificación.
Sus
cualidades esenciales son: don de lectura de pensamiento de las
necesidades de los demás, ternura, valentía, capacidad de entrega e
intuición. Son desinteresados, saben escoger los consejos más
apropiados para ayudar y son fuente de calor humano.
Para
Sandra Maitri, de este eneatipo que clasifica como Ego-adulación, lo
más destacable es:
Emotividad
y dramátismo. Siempre están preocupados por sus
relaciones con los demás. Su necesidad de amor y aprobación es
extrema. Para conseguirlo intentan agradar y halagar
excesivamente. Son también un tipo de imagen y quieren ser vistos
como encantadores, generosos, amables, siempre disponibles...Y todo
por su sensación interna de no merecer amor.
Haciéndose
amables y útiles, intentan convertirse en indispensables. Dan para
recibir amor a cambio y si no lo reciben se enfadan y culpabilizan al
otro. Bajo una falsa humildad hay un orgulloso engreimiento,
sintiéndose especiales.
Pueden
llegar a ser extremadamente generosos para compensar su baja
autoestima.
Su
salvación debe venir de los demás, por eso hacen tanto por agradar,
para conectar consigo mismo. La falta viene de una infancia en donde
no han tenido la sensación de ser importantes para la madre, por lo
que llega a pensar que ha de manipular para conseguir ese amor que no
le es dado. Lo que más desea un Tipo II es ser amado. Y más el amor
apasionado. Pero, inconscientemente, siempre buscan a alguien que
esté fuera de su alcance porque es la FRUSTRACIÓN Y NO LA
GRATIFICACIÓN lo que busca un 2 “nadie que me ame merece tener una
relación conmigo” parecen decir, o como dice Groucho Marx “no
sería nunca socio de un club que me admitiera como socio”. Parece
que para mantener una relación necesita ese grado de desafío.
La
imagen del 2 es la de alguien altruista que da sin límites, que se
sacrifica por otros, desinteresado, complaciente, empático, sensible
y pendiente de las necesidades de los demás. Se exige ser
encantador, comprensivo y preocupado por la salvación de todos los
demás antes que por la suya. Su superego le exige que mantenga esa
imagen de santo. Pero un santo que tiene que ser amado.
Los
2 anestesian sus impulsos, especialmente los sexuales. Aunque son muy
exagerados y efusivos.
Difícilmente
toleran que los demás estén enfadados con ellos y también reprimen
sus propios sentimientos negativos porque los conflictos
significarían la falta de amor. Por eso, en vez de arriesgarse a
perder, prefieren perdonar y ser comprensivos. Un 2 puede ofrecer la
otra mejilla, pero al final hay que pagar un precio.
Manipulan
al dar para recibir lo que quieren. Intentan hacerse los
indispensables para cualquiera que los necesite.
Su
pasión es el ORGULLO. Los 2 se creen especiales y complicados. Se
sienten orgullosos de su comportamiento santo y cuando su sacrificio
es reconocido. Pero si no les dan el trato especial que creen que
merecen se sienten profundamente humillados y se quejan sin cesar.
La
virtud que deben desarrollar es la HUMILDAD, es decir, aceptación de
los límites . Tienen que reconocer su orgullo y su necesidad de ser
especial. También deben reconocer lo sensibles que son al rechazo de
los demás. Cuanto más acepten sus límites y se abran a la
realidad, se sentirán más cómodos cuando tengan que decir no a los
demás. Humildad significa también saber cuidar se sí mismo y
prestarse atención, con lo que serán más libres de su yo y de la
dependencia de los demás. Serán más capaces de dar y de recibir.
Su
mecanismo de defensa es la Represión de las propias necesidades para
mantener la imagen de ayudador siempre disponible.
Tratamientos:
A)
Aprender Asertividad: mejorarán aprendiendo a decir no y a tener en
cuenta las propias necesidades (empezando por expresarlas). Aprender
a tomarse tiempo para ocuparse de sí mismo y practicar actividades
sólo por disfrutar. Deben aprender también a pedir para sí y no
intentar seducir con su entrega generosa. Las técnicas más
apropiadas para desarrollar este trabajo terapeútico serían las
cognitivo conductuales.
B)
Terapia Cognitiva, combatiendo las Ideas Irracionales,
especificamente las de: yo no necesito nada y no tengo tiempo para
mí.
C)
Hipnosis: la visualización más efectiva sería la de sentirse bien
después de decir no a algo que no se desea hacer y lo mismo con
respecto a la expresión de una necesidad propia.
También
se puede ejercitar la autohipnosis con sugestiones en ese mismo
sentido y de aumento de la autoestima, aceptando las propias
limitaciones y eliminando el constante temor a no ser amado.
D)
Terapia Asertiva Sistémica descritas por Manuel J. Smith en su libro
Cuando digo no me siento culpable.
También
es de gran ayuda el análisis cognitivo conductual y técnicas
asertivas descritas por el Dr. Wayne W. Dyer en Tus zonas erróneas.
E)
PNL: el primer paso ha de ser reconocer el 2 su comportamiento
miserable de permanente agradecimiento hacia las personas con las que
se relaciona, así como la inhibición en situaciones en las que
debería mostrar enfado o castigar.
La
debilidad de carácter es un rasgo dominante en este tipo de
personalidad. Sienten complejo de inferioridad y creen que no valen
por lo que son fáciles presas del desaliento.
Deben
aprender a pasar de esa situación de cobardía a otra de coraje.
Las
técnicas recomendadas dentro de este modelo serían: cambio de
creencias y cambio de historia personal.
Correspondencia
con otras clasificaciones de personalidad y sus trastornos
Las
características de esta personalidad coinciden con el tipo Histérico
de la teoría Psicoanalítica.
Se
encuentran rasgos de esta personalidad en la que aparece clasificada
en el DSM-IV como Personalidad por dependencia, que se encuentra
dentro de la subclasificación de personalidades ansiosas y cuyas
características más destacadas son la debilidad y necesidad de
apoyarse en alguien que le haga olvidar sus sentimientos de
indefensión.
También
encontramos algunas de estas características en el tipo Perceptivo
que describe Erich Fromm, que es el que busca constantemente apoyo y
que teme sobre todo el rechazo.
Hay
una clasificación de Personalidad muy interesante y poco conocida,
la de Sprangler, que recoge el Dr. Rojas en su libro ya citado y que
hace referencia a la filosofía de la vida del sujeto en cuestión.
El tipo 2 sería el Social, aquél cuya motivación principal está
en el contacto con los demás.
Le
cuesta excesivamente entrar en desacuerdo con los demás porque esta
situación le crea mucha tensión y es por evitar esa situación
desagradable por lo que evita los enfrentamientos.
Como
veremos más adelante este rasgo se da en otros tipos de personalidad
que ya analizaremos en su momento.
Es
llamativa su dificultad para decir no y para defender criterios
diferentes a los de los otros.
Hay
un trabajo muy interesante sobre la Personalidad y sus trastornos, de
Millon, que también hace referencia a la personalidad Dependiente en
la que se encuentran algunas características atribuibles a la
protagonista de nuestra historia, como son la falta de autoestima y
la ingenuidad que facilita la creencia en la bondad innata de todo el
mundo.
No
obstante, yo no diría que este tipo se corresponde con la
personalidad de dependencia enteramente, sino en algunos rasgos
solamente. Lo que si se puede decir con seguridad es que este tipo 2
de personalidad es el de alguien con baja autoestima, muy inseguro y
sin asertividad, que es la capacidad de expresar a los demás, de
manera adecuada, los deseos propios y las emociones.
Para
Claudio Naranjo esta personalidad se alinea con los estilos de
personalidad Histriónicos.
Remontándonos
en el tiempo, encontraríamos también similitud con los tipos
descritos por Teofrastro como el Fanfarrón (mentiroso compulsivo) y
el Adulador (entrometido e intrusivo).

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